Hay discos que buscamos durante años. Y hay otros que llegan a nosotros sin previo aviso y terminan quedándose para siempre. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con A New World Record de Electric Light Orchestra.
La primera vez que lo escuché estudiaba Bachillerato. Por entonces no conocía prácticamente nada del grupo. Su nombre apenas me sonaba y no tenía ninguna referencia sobre su música. Sin embargo, bastaron unos pocos minutos para que aquel disco despertara mi curiosidad.
No era exactamente rock.
Tampoco era música clásica.
Ni pop en el sentido convencional de la palabra.
Era algo distinto.
El descubrimiento de un sonido
Hoy resulta fácil acceder a cualquier artista en cuestión de segundos. Pero hace años descubrir un grupo nuevo tenía algo de aventura.
Cada disco era una incógnita.
Recuerdo especialmente el impacto que me produjo Rockaria!.
Aquella mezcla de guitarras, cuerdas, melodías pegadizas y la inesperada aparición de una voz operística me pareció fascinante. Había escuchado rock, había escuchado música clásica, pero nunca había encontrado ambas cosas combinadas de aquella manera.
Con el tiempo descubrí que esa mezcla era precisamente una de las señas de identidad de Electric Light Orchestra. Jeff Lynne había construido un universo propio en el que convivían Beatles, orquestaciones clásicas y una producción extraordinariamente cuidada.
Pero en aquel momento simplemente me sonó diferente.
Y eso fue suficiente.
Una portada imposible de olvidar
La música fue lo primero que me atrapó.
La portada llegó inmediatamente después.
El disco muestra por primera vez el que acabaría convirtiéndose en uno de los logotipos más reconocibles de la historia del rock: el enorme emblema circular de ELO suspendido sobre el Empire State Building de Nueva York.
Hay portadas que ilustran un álbum.
Y hay portadas que terminan formando parte de la identidad del grupo.
Esta pertenece claramente a la segunda categoría.
Con sus colores brillantes sobre el fondo negro y su estética futurista, parece una mezcla de nave espacial, máquina recreativa y cartel de ciencia ficción de los años setenta. Décadas después sigue resultando inconfundible.
Un disco clave
Publicado en 1976, A New World Record marcó uno de los momentos más brillantes de la carrera de Electric Light Orchestra.
El álbum contiene algunas de las canciones más recordadas del grupo, entre ellas Telephone Line, Livin’ Thing, Do Ya y la propia Rockaria!.
Escuchándolo hoy resulta fácil entender por qué tuvo tanto éxito.
Hay una sensación permanente de ambición musical. Cada arreglo parece cuidadosamente construido. Cada canción está llena de detalles que aparecen en escuchas sucesivas.
No era un disco conformista.
Era un grupo funcionando a pleno rendimiento.
Mi ejemplar

La copia que conservo muestra las marcas habituales del paso del tiempo.
Los bordes de la portada presentan desgaste y algunas señales de uso acumuladas durante décadas. Son las cicatrices normales de un disco que ha sido escuchado muchas veces.
Lejos de molestarme, esas marcas forman parte de su historia y la mía.
Cada una de ellas me recuerda todos esos momentos, compartidos o en relajada soledad, que este álbum ha llenado.
La importancia de la primera escucha
Hay discos objetivamente mejores que otros.
Pero algunos ocupan un lugar especial por razones difíciles de explicar.
A New World Record siempre será para mí uno de esos álbumes porque fue el disco que me descubrió a Electric Light Orchestra.
Cada vez que vuelve a sonar Rockaria! recuerdo aquella primera escucha durante los años de Bachillerato, cuando no sabía nada del grupo y todo estaba aún por descubrir.
Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de coleccionar discos.
No sólo conservamos música.
También conservamos el recuerdo de quiénes éramos cuando la escuchamos por primera vez.


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